Hace un tiempo que vengo mirando Formosa. Y cada vez la miro más.
No porque esté de moda. No porque crea que todos los campos son iguales. Y mucho menos porque piense que cualquier hectárea barata representa una oportunidad.
La miro porque encuentro una relación que merece ser analizada: en determinados campos de cría de Formosa, el capital necesario para adquirir la tierra que ocupa una vaca puede ser inferior al valor de la propia vaca.
Cuando uno lleva más de treinta años recorriendo campos, una relación como esa obliga, por lo menos, a detenerse y hacer las cuentas.
Porque, en el negocio ganadero, el precio por hectárea es apenas el comienzo del análisis.
Lo que realmente importa: cuánto cuesta la tierra por vaca
En ganadería de cría hay una cuenta que me gusta hacer antes de hablar del precio de un campo.
No pregunto solamente cuánto vale la hectárea.
Pregunto: ¿cuánto capital necesito invertir en tierra para sostener una vaca?
La diferencia es importante.
Una hectárea puede parecer barata, pero si el campo necesita mucha superficie para mantener cada animal, el capital inmovilizado por vaca puede terminar siendo elevado.
En cambio, un establecimiento con un precio por hectárea aparentemente más alto puede ofrecer una relación más favorable si su receptividad permite sostener una mayor cantidad de animales por unidad de superficie.
Por eso, además de analizar el valor de la tierra por hectárea, comparo el capital tierra por vaca.
Y ahí Formosa empieza a mostrar aspectos interesantes.
En determinados establecimientos ganaderos, la combinación de ambiente, disponibilidad de agua, pastizales naturales, infraestructura y manejo puede dar lugar a relaciones entre superficie, receptividad y precio que merecen un análisis detallado.
En algunos casos, el capital invertido en la tierra necesaria para sostener una vaca puede ser inferior al valor de ese animal.
No digo que ocurra en toda Formosa. Tampoco que esa relación, por sí sola, garantice un buen negocio.
Digo que existen establecimientos en los que vale la pena investigar esa posibilidad. Y son precisamente esos campos los que me interesa encontrar.
La distancia ya no se mide solamente en kilómetros
Durante muchos años, para un productor o inversor de Buenos Aires, comprar un campo a más de mil kilómetros podía parecer demasiado lejos.
Hoy creo que esa percepción merece ser revisada.
La conectividad, las herramientas digitales y los sistemas de monitoreo permiten supervisar muchas variables de un establecimiento rural sin necesidad de estar físicamente allí todos los días.
Las imágenes satelitales ayudan a observar la evolución del establecimiento. Los drones permiten inspeccionar sectores específicos. Las cámaras, los sensores y la conectividad satelital pueden facilitar el seguimiento de instalaciones y aguadas, mientras que la información meteorológica contribuye a planificar decisiones productivas.
Todo esto puede mejorar la capacidad de gestión, siempre que exista una administración responsable y un sistema de supervisión adecuado.
La tecnología no acercó geográficamente Formosa a Buenos Aires. Pero sí puede reducir algunas de las dificultades operativas que históricamente implicaba administrar un campo a distancia.
Y eso cambia la manera de evaluar las oportunidades de inversión en distintas regiones ganaderas.
Por supuesto, ninguna herramienta reemplaza el conocimiento del establecimiento, las recorridas, el equipo de trabajo ni la verificación de las condiciones reales del campo.
La tecnología ayuda a gestionar mejor. La decisión de inversión sigue necesitando criterio.
Una cosa es la percepción y otra, la realidad productiva
Formosa suele aparecer en las conversaciones sobre el mercado rural con percepciones muy diversas. Algunas están vinculadas con cuestiones políticas, otras con las condiciones regionales y muchas con el desconocimiento de sus ambientes productivos.
Pero cuando evalúo un campo, intento separar esas percepciones de las variables concretas del negocio.
Una vaca necesita agua, alimentación, sanidad y manejo. El establecimiento debe ofrecer las condiciones necesarias para sostenerla y producir de manera eficiente.
Y el ternero que se produce en Formosa participa de una cadena ganadera que conecta productores, intermediarios, recriadores, engordadores e industrias de distintas regiones del país.
Por eso, una pregunta resulta fundamental para analizar una inversión ganadera:
Si puedo producir un bien que tiene mercado nacional, ¿cuánto capital necesito inmovilizar en tierra para hacerlo?
La respuesta depende de cada establecimiento, de sus costos, de su productividad y de las condiciones comerciales.
Pero esa pregunta permite mirar el negocio desde otra perspectiva. Ya no se trata solamente de encontrar una hectárea barata, sino de evaluar cuánto capital exige la producción y qué resultado puede generar.
Ahí está una parte importante de mi interés por Formosa.
El valor de un campo también está en lo que puede producir mañana
Cuando analizo un establecimiento rural, no miro solamente lo que produce hoy. También intento identificar qué posibilidades existen para mejorar su desempeño.
La división de potreros, el manejo del agua, las pasturas, la genética, la sanidad, la infraestructura, la carga animal y el porcentaje de destete son algunas de las variables que pueden modificar el resultado de una explotación ganadera.
A eso se suman la organización del trabajo, la administración y la incorporación de tecnología cuando realmente aporta valor.
Hay campos en los que determinadas mejoras de manejo pueden traducirse en avances productivos relevantes. En otros, las limitaciones del ambiente, la disponibilidad de agua o la infraestructura pueden exigir inversiones mucho mayores de las previstas.
Por eso, el potencial de mejora no debe confundirse con una promesa de rentabilidad.
Hay que identificar las oportunidades, estimar cuánto costaría aprovecharlas y evaluar qué impacto podrían tener sobre la producción y los resultados económicos.
Comprar tierra con margen para mejorar la eficiencia productiva puede ser una oportunidad. Saber cuánto cuesta convertir ese potencial en resultados es parte del trabajo.
¿Es Formosa una oportunidad para cualquier inversor?
No. Y me parece importante decirlo.
Comprar un campo ganadero en Formosa requiere conocer las características específicas de cada establecimiento y de su entorno.
Hay que estudiar el régimen hídrico, los ambientes, los accesos, la calidad y disponibilidad de agua, la proporción de monte y bajos, la receptividad real, la infraestructura y los antecedentes productivos.
También es necesario analizar los costos de operación, la logística, la disponibilidad de personal, las inversiones necesarias y las posibilidades de comercialización.
Un precio bajo por hectárea puede esconder limitaciones importantes. Del mismo modo, un establecimiento con buenas condiciones productivas puede justificar un valor superior si los números respaldan esa diferencia.
Por eso, antes de hablar de oportunidades, hago las cuentas.
Precio por hectárea: cuánto capital requiere la adquisición.
Hectáreas por vaca: qué superficie necesita cada animal según la receptividad real.
Capital tierra por vaca: cuánto cuesta la tierra necesaria para sostener esa unidad productiva.
Producción por hectárea: qué resultados puede generar el establecimiento.
Costos de estructura: cuánto cuesta operar y mantener el sistema.
Potencial de mejora: qué inversiones podrían aumentar la eficiencia.
Liquidez futura: qué factores pueden influir en la posibilidad de vender el establecimiento y en sus condiciones de salida.
Ninguna de estas variables debe analizarse de manera aislada.
La receptividad, por ejemplo, no es un número universal para toda una provincia. Depende del ambiente, del manejo, de la disponibilidad de recursos y de las condiciones concretas de cada campo.
Lo mismo ocurre con la rentabilidad: no puede deducirse únicamente del precio de compra o del valor de los animales.
Cuando las variables productivas, económicas y patrimoniales se analizan en conjunto, recién entonces podemos determinar si existe una oportunidad real.
Por eso miro tanto Formosa
Mientras buena parte del mercado concentra su atención en las regiones rurales más conocidas, considero que también vale la pena estudiar otras zonas donde la relación entre el precio de la tierra, la capacidad productiva y el capital necesario para producir puede ser diferente.
Formosa merece esa mirada, pero no por una supuesta ventaja que se aplique a todos sus campos.
La merece porque determinados establecimientos pueden presentar relaciones entre valor de adquisición, receptividad y posibilidades de mejora que justifican un análisis profesional.
Yo no busco el campo más barato.
Busco la tierra que pueda generar más valor en relación con el capital que exige, considerando sus condiciones productivas, sus costos, sus riesgos y su potencial.
Y hoy, en determinados campos ganaderos de Formosa, encuentro números que merecen atención.
Por eso viajo.
Por eso recorro.
Por eso hago las cuentas.
Y por eso miro tanto Formosa.
Osvaldo Botta
Botta Campos & Estancias
La confianza vale más que la publicidad.